De cuando los españoles descubrieron la Antártida

Prensa Publicado:28/09/2017

Un océano helado los engulló. Reposan en un fondo de aguas grises; su última morada. La mayoría de los 644 tripulantes del buque de guerra español San Telmo murieron ahogados tras el hundimiento o el embarranque del infortunado navío. Los que sobrevivieron a la violencia del temporal y de una costa llena de peligrosos salientes acabarían pereciendo igualmente, sólo que algo más tarde, y lo harían de frío o de hambre pese a haber llegado a tierra.

De confirmarse los estudios hispano-chilenos sobre la tragedia de aquel barco de 74 cañones, los desdichados marineros e infantes de la Armada española que llegaron a la costa de la isla Livingston habrían sido los primeros en crear un asentamiento en la Antártida a principios de septiembre de 1819; un asentamiento de corta duración, eso sí, y del que nadie jamás regresó para anunciar el hallazgo de aquellas nuevas y peligrosas tierras.

Si se localizara cualquier vestigio de aquel buque que había zarpado rumbo a Lima y que fue empujado por la naturaleza al sur del cabo de Hornos, España podría atribuirse el descubrimiento de la Antártida; un título histórico que actualmente tiene Inglaterra en su poder.

A punto de cumplirse 200 años de la desaparición del San Telmo –se lo vio por última vez el 2 de septiembre de 1819–, su leyenda regresa y no sólo desde las páginas de los viejos libros de marinos que surcaron las frías aguas del continente helado en aquellos primeros años del siglo XIX, como William Smith o James Wedel. Ellos recogieron en sus diarios el avistamiento de los restos del barco en las islas Shetland del Sur tiempo después del naufragio, aunque en lo que se refiere a Smith prefirió guardar el secreto para que en ningún caso se pudiera discutir a Inglaterra su supremacía en las nuevas tierras.

La memoria del San Telmo regresa también porque al menos dos equipos están preparando por separado sendas expediciones para ir en busca del buque a aguas del continente helado donde se supone que reposan sus restos. Uno está capitaneado por el catedrático de Arqueología de la Universidad de Zaragoza, Manuel Martín Bueno, que ya dirigió tres campañas anteriores para la localización del buque en los años noventa, y otra, por José María Amo, de la Fundación Polar Española.

La de Martín Bueno cuenta con el bagaje y la información recopilada en las primeras tres campañas polares de búsqueda de las huellas del San Telmo de los años 93, 94 y 95. Entonces se quedaron a las puertas, nunca descendieron buceadores –porque no tenían material de inmersión, ni tampoco robots subacuáticos– a comprobar los indicios magnéticos recopilados en el rastreo de las zonas en las que presumiblemente se encuentra el buque o, más bien, sus restos.

La expedición que prepara José María Amo, más conocido en el mundo antártico como Chema Amo, parte, como él mismo asegura, de “una investigación propia a la que hemos llamado ‘San Telmo’ 1819-2019”. “Nosotros, como Fundación Polar Española, consideramos una obligación demostrar al mundo que España no abandona su patrimonio naval. Está en el peor sitio y en las peores condiciones, pero vamos a ir a buscarlo. Esperamos poner en marcha la primera campaña para el próximo verano austral”, sentencia Amo en tono entusiasta. Necesita ultimar cuestiones de permisos y financiación, pero confía en que el Ministerio de Cultura lo apoye, ahora que está evaluando todo su proyecto.

En 1819, la economía española estaba destrozada por la guerra de la Independencia consecuencia de la invasión napoleónica. La victoria se pagó a un altísimo precio. La dañada hacienda pública tenía que atender además las necesidades de un imperio al que las continuas insurrecciones en las colonias habían convertido en caduco y en descomposición. El San Telmo y sus dos fragatas de escolta tenían la encomienda de ir a Lima a sofocar una revuelta. Una tercera embarcación de apoyo tuvo que dar la vuelta antes de adentrarse en la inmensidad del Atlántico por graves averías.

El envío de la escuadra estuvo precedida de no poca polémica. No hubo ningún almirante que se presentara voluntario para dirigirla. El estado de los navíos y de la propia maquinaria militar eran paupérrimos. Un viaje como aquél con una misión como la fijada por el almirantazgo no invitaban al optimismo por mucho patriotismo que pudieran atesorar los comandantes. “Finalmente, el almirante Rosendo Porlier, nacido en Lima precisamente, fue nombrado de forma forzosa jefe de la escuadra”, recuerda Miguel Aragón, coronel de Infantería de Marina en la reserva y miembro de las expediciones de búsqueda del San Telmo de los años noventa. Aragón, un apasionado de la historia naval, recuerda que la primera vez que oyó hablar del buque fue un anochecer en la Antártida en 1987. Se encontraba allí por trabajos relacionados con la base Juan Carlos I. “Estábamos tomando una copita al atardecer, en uno de los pocos momentos de relax que teníamos; entonces alguien empezó a hacer broma sobre si se oían extraños ruidos. Entonces alguien dijo: ‘Son las almas en pena del San Telmo’. Y desde aquel día me suscitó curiosidad y no he dejado de investigar sobre él”, recuerda Aragón desde su retiro en la soleada localidad gaditana de Chiclana de la Frontera.

El almirante Porlier fue nombrado brigadier de la escuadra. Viajaría en el San Telmo que, a su vez tenía su propio capitán, Joaquín Toledo. Dicen que el brigadier se despidió con un “adiós, probablemente hasta la eternidad”, comenta el coronel Aragón. Quizá Porlier pensó en que no podría hacer frente a los ejércitos sublevados o quizá a los temporales, pero presintió la tragedia. Con ese estado de ánimo, la escuadra partió de Cádiz el 11 de mayo de 1819. Soltó amarras el San Telmo, con sus 74 cañones, y las fragatas Prueba, Primorosa Mariana y Alejandro (este último fue el navío que tuvo que regresar por orden del brigadier ante las numerosas averías y vías de agua).

La escuadra llegó al continente americano y tocó los puertos de Río de Janeiro y Montevideo. Y desde allí, partió rumbo sur con la intención de adentrarse en el mar de Hoces, también llamado paso o estrecho de Drake; se trata del tramo de aguas marinas que separan la punta sur del continente americano y la Antártida; la comunicación entre el océano Atlántico y el Pacífico.

El mal tiempo se ceba con la agrupación naval española a la altura del cabo de Hornos y los vientos los empujan al sur irremediablemente. Las fuertes tormentas fuerzan una indeseada dispersión de los buques. Los capitanes de las fragatas de escolta señalan que el último avistamiento del buque insignia se registra el 2 de septiembre de 1819 “a 62 grados sur y 70 grados oeste”. “Al parecer, el navío tenía graves averías en el timón, tajamar y verga mayor”, explica el coronel Aragón citando la documentación de la Prueba y la Primorosa Mariana, que llegaron a Valparaíso aproximadamente un mes después de perder de vista al San Telmo.

“Mi teoría es que algunos supervivientes alcanzaron las playas con los botes y, volcándolos, hicieron con ellos unos primeros refugios. Tras aprovechar alguna cavidad natural o algún saliente crearon un asentamiento algo mejor y lograron sobrevivir un tiempo”, afirma otro entusiasta antártico, Bruno Alonso, un militar español que lleva a sus espaldas más de nueve viajes tanto a las Shetland del Sur como al continente. Este aventurero aprovecha sus viajes para insistir en que se busquen indicios claros que certifiquen la presencia de los restos del buque en aquella zona.

Jorge Rey es oceanógrafo y doctor en geología marina. Fue miembro de las campañas de búsqueda del pecio en los años noventa. Se encargó de la topografía y de la recogida de alteraciones magnéticas en aguas del cabo Sherry y de la playa de la Media Luna, en la isla Livingston, donde se cree que pudo naufragar o embarrancar aquel navío de guerra que nunca llegó a Lima. “Encontramos, entre otras, seis grandes anomalías magnetométricas posiblemente compatibles con un ancla o un cañón. Una de ellas estaba a tan sólo seis metros de profundidad. Soy partidario de volver. Es una gesta importante para la historia de España. Debemos volver para saber si lo que creímos encontrar era el San Telmo”, sentencia Rey. Su viejo camarada de expediciones, el coronel Aragón, está de su lado. Como experimentado buceador de la Armada considera que hace falta otro viaje “para verificar los vestigios descubiertos en la zona mediante buceo y, en todo caso, un ROV de apoyo (robot subacuático teledirigido)”.

Pero si los indicios eran tan claros y ya se habían hecho tres expediciones ¿por qué no se regresó mucho antes a la isla Livingston? Algunos de los expedicionarios pioneros creen que el profesor Martín Bueno, director de aquellas campañas y que hoy prepara otra para regresar allí, “no tuvo intención de continuar por razones desconocidas”, dice Jorge Rey.

“Al regresar, no se establecieron conclusiones ni se presentaron resultados concluyentes de las campañas”, afirma José Jaime Bravo, miembro del Ejército de Tierra y montañero que estuvo también en el equipo de búsqueda del San Telmo entre los años 1993 y 1995. Según esta teoría, ante la aparente inacción del director de las campañas, la administración debió de perder interés por este asunto.

El profesor Martín Bueno afirma tener las respuestas para explicar esa prolongada suspensión de la búsqueda del navío de más de veinte años. “Al regreso de la última campaña hubo un cambio de gobierno [primera victoria del PP con José María Aznar]. Y aunque había una financiación muy generosa [externa, de un patrocinador], por la intervención directa de la Presidencia del gobierno se dijo que aquello no se podía hacer así porque era una cuestión de prestigio nacional y que no se podía permitir”, recuerda el catedrático. Según este relato, los patrocinadores, que Martín Bueno prefiere no revelar, “quedaron bastante desairados” y finalmente no se firmó el proyecto. “Son ese tipo de estupideces que a veces ocurren cuando a alguien le da un ataque de patriotismo”, sentencia el profesor, quien añade que “luego llegó la crisis y por unas cosas y por otras, todo se retrasó”.

Para algunos, serán explicaciones suficientes y para otros, entre los que están algunos de los hombres que le acompañaron al polo sur en los noventa, quizá no lo son. Pero Martín Bueno dice que va a volver dos décadas después: “La campaña que queda es bastante sencilla con los medios que tenemos en la actualidad. Vas a tiro hecho. Es una campaña relativamente corta si el tiempo acompaña, y relativamente económica si se puede ceñir a un tiempo limitado”.

Chema Amo, el promotor del otro proyecto de expedición de búsqueda del San Telmo se muestra optimista y cree que podrá llevarla a cabo con ayuda del Plan Nacional de Investigación y de alguna empresa, entre ellas una de trabajos subacuáticos.

Pero no todos son buenos presagios. Jaime Bravo, miembro de las antiguas expediciones, cree que volver allí para buscar el buque “sería un esfuerzo muy considerable”. “La vía de esponsorización está casi cerrada. Dudo mucho que la apoyaran [el Comité Polar Español, que es el organismo que somete a autorización cualquier proyecto antártico]. Podría suponer que con ello se abriera el melón de futuros proyectos. Es una opción evaluable pero que no se ha autorizado hasta ahora”, remata Jaime Bravo.