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5 Febrero 2021 - Noticias - Prensa

Días atrás, “navegando” por las redes sociales, topé con una presentación de Ellen MacArthur.

Me impresionó su brillantísima exposición, la forma impecable de sus explicaciones, cómo mantenía al público hipnotizado relatando sus navegaciones en el Índico Sur. Conseguía describir de una manera cinematográfica el esfuerzo, el riesgo, la locura de planear a ciegas entre olas salvajes. Y la posterior redención, la placidez que inunda al navegante cuando pasa el temporal y está rodeado de uno de los paisajes más impresionantes del mundo. El mar, el océano, las aves indómitas, los albatros, el amanecer esperanzador.

Ellen MacArthur.

Sentí una sana envidia escuchándola. No era envidia de sus éxitos como navegante o del reconocimiento en su país y en el mundo. Se merece esto y más. Tuve envidia de la presentación, del guion, de cómo relacionaba la navegación con la vida, el esfuerzo, los sueños y la empresa. Las caras del público transmitían fascinación no solo por el personaje, también lo hacían por la historia. Ellen MacArthur ponía ejemplos cotidianos —conducir un coche a toda velocidad bajo la lluvia, sin parabrisas ni luces— que metían literalmente a los oyentes dentro de su barco, a su lado, en las latitudes australes. El Reino Unido es un país que bebe no solo de Shakespeare, también lo hace de Conrad, por eso la situación me recordó a su libro El Espejo del Mar, memorias del escritor donde mejor se describen los temporales, la desazón y las vidas sencillas de los marinos. En la presentación de MacArthur, en su texto y frente al público, se respiraba el espíritu de los dos gigantes de la literatura. El ruido y la furia. El ser humano y la Naturaleza como metáfora de la vida.

El Espejo del Mar, Joseph Conrad

El espejo del mar, de Joseph Conrad, traducido por Javier Marías.

La navegante inglesa no salió al escenario a improvisar una presentación, explicar una batallita y luego expresar su preocupación por el medio ambiente. Hizo una presentación impecable, con un guion brillante, y la puesta en escena estaba estudiadísima, largamente entrenada y trabajada. Los anglosajones y sus universidades valoran mucho la capacidad de comunicar, de expresarse, y cuidan las exposiciones al máximo. MacArthur fue, durante la presentación, una estrella.

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